Alucinación***

marzo 9, 2005 en 11:34 pm | Publicado en amor, blog, boys, mujer, writing | Deja un comentario


Quiero decir, ¿cómo sabes que algo ha acontecido, que estás frente a un suceso de suma importancia en tu vida? ¿Te bajas de la combi, o del auto, o del taxi, o del dromedario, del metro, -qué se yo- y miras el cielo o al piso, sabiendo que éste es “el momento”? ¿Logras atrapar ese instante perfecto en el que conoces el motivo principal de tu venida al planeta y no te deprime? Yo te imagino ahora, sentado en la parte posterior de un taxi, que avanza lentamente por el tráfico nocturno, con rumbo a casa. Miras distraídamente tras la luna de la ventana y ves a la gente corriendo, medio muerta de frío. Imagino que ves tus manos, tibias dentro de los guantes, y te sientes con suerte de estar vivo. Igual que yo.

Estoy conectada a ti, Aldo. Por eso puedo verte, en esta precisa noche, rumbo a casa, luego de un agotador día de trabajo, queriendo estar en aquella playa desierta que es probable nunca visites. El taxista no te pregunta nada, está escuchando música; eso te deja sólo con tus pensamientos y tu sueño. Tu piel se achicharra bajo el sol; tus pies se hunden en la arena pálida, mientras la brisa marina te despeina, también. Te cobijas bajo una palmera, miras el mar azul y el cielo imperturbable antes de caer feliz en la modorra que el ambiente suscita. Y alguien está velando tu sueño, de una manera casi imperceptible, como siempre. Parpadea, Aldo; parpadea.

La calle por la que va el taxi tiene un bache. El salto te saca de la visión tropical. Revisas el bolso que llevas con esa cantidad increíble de papeles, efectos personales, revistas. Tomas una y la ojeas, hasta llegar a casa. Pagas, bajas y te metes rápidamente: en la radio dicen que hoy la temperatura bajará hasta los cinco grados; no es buena idea quedarse a la intemperie. Entras al edificio.

He hecho este ejercicio varias veces. Te veo dejar las llaves en la mesita de entrada, sacarte la chalina, el saco, los guantes. Te veo alisar tu cabello y rascar tu barba crecida, pensando en todo lo que tienes que hacer en casa. Probablemente alimentar a tu perro (la casera o algún vecino lo cuida mientras estás fuera) y sentarte a ver el trabajo que trajiste, a revisar las fotografías que tomaste ayer, o a mirar insistentemente aquel lienzo casi en blanco. Si lo hicieras, tendría que estar yo también en la misma posición, Aldo. Es algo así como un intercom, que sólo nosotros podemos manejarlo; creemos majaderamente que lo que pintamos sale de nuestra mente y no del otro. Mis personajes son reflejos de lo que tú estás pensando en el exacto momento en el que rozan los pinceles. Mis preguntas hacia ti llegan con interferencia, como siempre, sólo logras captar el color de ellas. Algunas palabras se dispersan, en otros idiomas que yo no conozco -pero presiento lo que significan- y se derraman como cascadas de agua por tus dedos.

No sé Aldo, creo que ciertos talentos escondidos son los que nos permiten estar vivos; pero lo que sí es evidente que nos sostiene es la curiosidad por saber si el otro ha persistido durante todo este tiempo. Debo ser estúpida por mantener mi integridad por ti, pero no puedo evitarlo. Yo sé que de tu parte es probable que creas que el tiempo ha vencido, que no es posible, que no existo, que nunca he existido y que soy una perfecta conflagración de tus sentidos, que de tanto en tanto te asaltan. Pero soy una presencia, una sensación de algo que está en otro sendero que aún no has tomado; y existo.

Yo voy camino al trabajo; es algo así como las ocho de la mañana, es verano y el sol cae furioso sobre los transeúntes que cruzan las calles de mi ciudad. Estoy sentada dentro de un destartalado bus, bien erguida, con mi walkman, mi carterita barata y aquel cartapacio horroroso del cual tú te reirías. Estoy pensando que toca cobrar mi sueldo, que no es un buen trabajo, pero es digno, que me tratan bien, que cuando termine con mis obligaciones, aún será día soleado, que el viento me dará en la cara y que –mientras escucho a Annie Lenox cantar- estoy perfectamente conciente de que alguno de los dos tendrá que caminar mucho para ver al otro, digo, si no quiere pasársela el resto de su vida solo como un perro.

*** estamos a años luz. mis dedos, mi mente, mi corazón.

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